Éste iba a ser el post más largo de este blog. La idea era hacer el recuento de un año y tres meses de funcionamiento, desde octubre de 2006 hasta diciembre de 2007. En total, 57 películas exhibidas (o programadas: hubo tres o cuatro que no se pasaron, por distintas razones accidentales). En un sólo post pensaba poner ciclo por ciclo, película por película. Pero después de reportar la mitad de un ciclo, y tardar más de tres horas en ello, llego a la conclusión de que va a ser más sensato hacerlo por partes. Aquí va el refresco (ya narrado antes) de octubre de 2006, y la historia de noviembre y diciembre de ese año.
Octubre 2006: Una mirada al cine cubano
Ya hablamos de este ciclo. Fueron cuatro películas. La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea; Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995) de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, y Lista de Espera (2003), de Juan Carlos Tabío. Algunas joyas del cine cubano, del maestro Titón (Gutiérrez Alea) y su discípulo Tabío. Hay más detalles en la entrada correspondiente. No los repito.
Noviembre/diciembre 2006: Bajos fondos
La violencia y el delito son dos temas recurrentes en el cine latinoamericano. Motivos no faltan: nuestras sociedades están permeadas por estos fenómenos. Por eso elegimos este tema para el segundo mes (y medio), siempre en la onda de privilegiar el cine de nuestra región. Vimos seis películas:
Sicario (José Novoa, Venezuela, 1994). Una buena película, pese a la opinión de algunos críticos. La historia de un adolescente de Medellín que busca salir de la miseria convirtiéndose en asesino a sueldo. Tal vez sus defectos cinematográficos sean más que compensados por la denuncia de una realidad demasiado fuerte, lo que la hizo merecedora de una gran cantidad de premios internacionales. Es la segunda película de José Novoa, director de origen uruguayo afincado en Venezuela, producida por Elia Schneider, su esposa, en una cooperación ya habitual en ellos: uno de los dos dirige y el otro produce. Esa forma de trabajo ha producido otros éxitos, como Huelepega (La ley de la calle) y Punto y raya.
Últimos días de la víctima (Adolfo Aristarain, Argentina, 1982). Un film de uno de los mejores directores argentinos. Un thriller basado en la novela homónima de José Pablo Feinmann, en el que el trabajo de un asesino a sueldo (entonces todavía no se había recuperado la vieja palabra sicario) se entremezcla con el clima enrarecido y asfixiante de la Argentina de la última dictadura cívico-militar. De hecho, recuerdo que la primera vez que la vi fue en una muestra de cine argentino en la Caracas de los 80, y la sensación fue terrorífica. Apenas unos años antes un almirante que representaba a la dictadura argentina en Washington había elaborado públicamente una metáfora sobre el terror y la violencia extra-legal (o para-legal): como el organismo (el cuerpo de la república) tenía una enfermedad maligna, había que aplicar cirugía mayor; la hora de limpiar el bisturí sería después. Yo interpreté esta película (un gran thriller, incluso sin esa interpretación) como una exacta metáfora de la metáfora naval (¿una meta-metáfora? reclamo los créditos por el invento). Vista así, provoca escalofríos aun a 25 años (cinco lustros, toda la vida de algunos muchachos y muchachas que suelen venir a las funciones) de su estreno.
La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, Colombia/Francia, 2000). No debe haber escritores más polémicos que el colombiano (ex-colombiano, ahora mexicano) Fernando Vallejo. Cuando publicó su novela "La virgen de los sicarios" le dijo a su amigo Barbet Schroeder (un francés nacido en Teherán, Irán) que en esa novela había una película, y que quería que él la dirigiera. No fue fácil, Vallejo hizo el guión, para lo que tuvo que pasar a voz activa una narración escrita originalmente en tercera persona. Ésa fue la condición que le puso Schroeder para aceptar la dirección. La obra, cinematográficamente bien lograda, escandalizó a Medellín -ciudad natal del escritor- por el tratamiento que hace del tema del sicariato adolescente, casi niños que matan (y mueren, paradójicamente) para vivir. Sin embargo el mismo autor del libro afirma que no intentó hacer un análisis sociológico; sólo escribir una novela de amor. De amor homosexual, hay que aclarar, en lo que la novela (y la película, por ende) tiene un fuerte carácter autobiográfico. El film fue realizado totalmente en formato digital de alta definición, algo normal hoy pero no tanto hace siete años. La elección tecnológica estuvo basada, seguramente, en cuestiones de costos, pero también de seguridad. Lo digital implica menos movilización de equipos y trabajo más rápido, y hay escenas de la película que podrían haber sido muy conflictivas si se hubieran filmado del modo convencional. El tema es simple: tras una larga ausencia, Fernando (alter ego del escritor) vuelve a Medellín "para morir" según sus palabras. Encuentra una ciudad muy distinta a la que había dejado, en la que imperan el narcotráfico y la violencia. En un burdel conoce a Alexis, un adolescente del que se enamora, y con él se interna en una violencia frente a la cual se va volviendo cada vez más indiferente. Un buen marco para que Vallejo muestre por un lado el amor a su ciudad, y por el otro sus críticas, sus confesiones y sus obsesiones. Un film que no se puede dejar de ver, porque está condenado a convertirse en un clásico.
Secuestro Express (Jonathan Jacubowicz, Venezuela, 2004). Una buena película, que aborda el tema de uno de los más delitos más frecuentes en la actualidad en las ciudades latinoamericanas, el que le da el nombre a la película. La acción transcurre entre la madrugada y media mañana de un día cualquiera en Caracas. Cinco o seis horas de extrema tensión, en las que una pareja es víctima de esta modalidad delictiva. Con buenas actuaciones de la argentina Mía Maestro (que después de ser elegida en el casting tuvo que hacer un proceso de inmersión en la cultura caraqueña y en el habla del este de Caracas, del que sale airosa), el animador de televisión Jean Paul Leroux, y cuatro (semi) auténticos malandros, integrantes de un grupo de hip hop. Y una mejorable (por no decir pésima) actuación de Rubén Blades, cuya única explicación en el elenco debe ser la incorporación de un nombre con proyección internacional. Fue la ópera prima de Jonathan Jacubowicz, de 26 años de edad cuando realizó el film. La película se inscribe en la tradición de un Tarantino, por ejemplo, pero también en la del cine venezolano de los años 70, y resultó polémica, en el caliente clima político venezolano, por una cortísima secuencia introductoria. Es una gran película, aunque lejos del hiperbólico calificativo que le dieron algunos de ser la mejor película del cine venezolano de todos los tiempos.
Aquí, un pequeño interludio. Como La Virgen de los Sicarios, Secuestro Express fue filmada en formato digital, lo que abre otra polémica que será objeto de algún post futuro: ¿reemplazará totalmente el formato digital al analógico (y el soporte electrónico al celuloide)? Mi respuesta a priori es que sí, pero correrá mucha agua (tecnológica) bajo los puentes y habrá mucho debate en el medio. Averigüen qué está pasando en los mercados de la plata, por un lado, y del níquel y el litio, por el otro, lo que les dará una pista de las tendencias del mercado. La plata es la materia prima para las películas fotográficas. El níquel y el litio lo son de las baterías de las cámaras digitales (además de las computadoras portátiles).
Pero sigamos con nuestro inventario. Después de Secuestro Express vimos Elisa antes del fin del mundo (Juan Antonio de la Riva, México, 1997). Aquí el fin del mundo es la crisis que golpeó con especial fuerza a las clases medias como consecuencia del "error de diciembre", que en otras latitudes se conoció como "efecto tequila". Elisa, una niña de nueve años, agobiada por la situación de su familia, planea un absurdo atraco a un banco que termina en tragedia.
Por último, Nueve reinas (Fabián Bielinsky, Argentina, 2000), el primer largo metraje de los dos que dirigió este realizador, prematuramente desaparecido. Fue el estreno más aplaudido de ese año y una de las películas más exitosas del cine argentino de todos los tiempos. Muy bien actuada por Ricardo Darín, Gastón Pauls y una atractiva Leticia Brédice, sobre un guión del propio Bielinsky, que se hizo merecedor al primer premio (entre 354 guiones) del concurso "Nuevos talentos", nos introduce en tono entre irónico y jocoso en otra modalidad delictiva: la estafa.
Después, las merecidas vacaciones. El balance de 2006: haber mantendido la continuidad del Cine Club, con diez películas proyectadas en dos meses y medio, y el haber difundido un cine poco conocido, aunque también incluimos dos éxitos internacionales como Fresa y Chocolate y Guantanamera, que han llegado hasta la televisión.
Octubre 2006: Una mirada al cine cubano
Ya hablamos de este ciclo. Fueron cuatro películas. La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea; Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995) de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, y Lista de Espera (2003), de Juan Carlos Tabío. Algunas joyas del cine cubano, del maestro Titón (Gutiérrez Alea) y su discípulo Tabío. Hay más detalles en la entrada correspondiente. No los repito.
Noviembre/diciembre 2006: Bajos fondos
La violencia y el delito son dos temas recurrentes en el cine latinoamericano. Motivos no faltan: nuestras sociedades están permeadas por estos fenómenos. Por eso elegimos este tema para el segundo mes (y medio), siempre en la onda de privilegiar el cine de nuestra región. Vimos seis películas:
Sicario (José Novoa, Venezuela, 1994). Una buena película, pese a la opinión de algunos críticos. La historia de un adolescente de Medellín que busca salir de la miseria convirtiéndose en asesino a sueldo. Tal vez sus defectos cinematográficos sean más que compensados por la denuncia de una realidad demasiado fuerte, lo que la hizo merecedora de una gran cantidad de premios internacionales. Es la segunda película de José Novoa, director de origen uruguayo afincado en Venezuela, producida por Elia Schneider, su esposa, en una cooperación ya habitual en ellos: uno de los dos dirige y el otro produce. Esa forma de trabajo ha producido otros éxitos, como Huelepega (La ley de la calle) y Punto y raya.
Últimos días de la víctima (Adolfo Aristarain, Argentina, 1982). Un film de uno de los mejores directores argentinos. Un thriller basado en la novela homónima de José Pablo Feinmann, en el que el trabajo de un asesino a sueldo (entonces todavía no se había recuperado la vieja palabra sicario) se entremezcla con el clima enrarecido y asfixiante de la Argentina de la última dictadura cívico-militar. De hecho, recuerdo que la primera vez que la vi fue en una muestra de cine argentino en la Caracas de los 80, y la sensación fue terrorífica. Apenas unos años antes un almirante que representaba a la dictadura argentina en Washington había elaborado públicamente una metáfora sobre el terror y la violencia extra-legal (o para-legal): como el organismo (el cuerpo de la república) tenía una enfermedad maligna, había que aplicar cirugía mayor; la hora de limpiar el bisturí sería después. Yo interpreté esta película (un gran thriller, incluso sin esa interpretación) como una exacta metáfora de la metáfora naval (¿una meta-metáfora? reclamo los créditos por el invento). Vista así, provoca escalofríos aun a 25 años (cinco lustros, toda la vida de algunos muchachos y muchachas que suelen venir a las funciones) de su estreno.
La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, Colombia/Francia, 2000). No debe haber escritores más polémicos que el colombiano (ex-colombiano, ahora mexicano) Fernando Vallejo. Cuando publicó su novela "La virgen de los sicarios" le dijo a su amigo Barbet Schroeder (un francés nacido en Teherán, Irán) que en esa novela había una película, y que quería que él la dirigiera. No fue fácil, Vallejo hizo el guión, para lo que tuvo que pasar a voz activa una narración escrita originalmente en tercera persona. Ésa fue la condición que le puso Schroeder para aceptar la dirección. La obra, cinematográficamente bien lograda, escandalizó a Medellín -ciudad natal del escritor- por el tratamiento que hace del tema del sicariato adolescente, casi niños que matan (y mueren, paradójicamente) para vivir. Sin embargo el mismo autor del libro afirma que no intentó hacer un análisis sociológico; sólo escribir una novela de amor. De amor homosexual, hay que aclarar, en lo que la novela (y la película, por ende) tiene un fuerte carácter autobiográfico. El film fue realizado totalmente en formato digital de alta definición, algo normal hoy pero no tanto hace siete años. La elección tecnológica estuvo basada, seguramente, en cuestiones de costos, pero también de seguridad. Lo digital implica menos movilización de equipos y trabajo más rápido, y hay escenas de la película que podrían haber sido muy conflictivas si se hubieran filmado del modo convencional. El tema es simple: tras una larga ausencia, Fernando (alter ego del escritor) vuelve a Medellín "para morir" según sus palabras. Encuentra una ciudad muy distinta a la que había dejado, en la que imperan el narcotráfico y la violencia. En un burdel conoce a Alexis, un adolescente del que se enamora, y con él se interna en una violencia frente a la cual se va volviendo cada vez más indiferente. Un buen marco para que Vallejo muestre por un lado el amor a su ciudad, y por el otro sus críticas, sus confesiones y sus obsesiones. Un film que no se puede dejar de ver, porque está condenado a convertirse en un clásico.
Secuestro Express (Jonathan Jacubowicz, Venezuela, 2004). Una buena película, que aborda el tema de uno de los más delitos más frecuentes en la actualidad en las ciudades latinoamericanas, el que le da el nombre a la película. La acción transcurre entre la madrugada y media mañana de un día cualquiera en Caracas. Cinco o seis horas de extrema tensión, en las que una pareja es víctima de esta modalidad delictiva. Con buenas actuaciones de la argentina Mía Maestro (que después de ser elegida en el casting tuvo que hacer un proceso de inmersión en la cultura caraqueña y en el habla del este de Caracas, del que sale airosa), el animador de televisión Jean Paul Leroux, y cuatro (semi) auténticos malandros, integrantes de un grupo de hip hop. Y una mejorable (por no decir pésima) actuación de Rubén Blades, cuya única explicación en el elenco debe ser la incorporación de un nombre con proyección internacional. Fue la ópera prima de Jonathan Jacubowicz, de 26 años de edad cuando realizó el film. La película se inscribe en la tradición de un Tarantino, por ejemplo, pero también en la del cine venezolano de los años 70, y resultó polémica, en el caliente clima político venezolano, por una cortísima secuencia introductoria. Es una gran película, aunque lejos del hiperbólico calificativo que le dieron algunos de ser la mejor película del cine venezolano de todos los tiempos.
Aquí, un pequeño interludio. Como La Virgen de los Sicarios, Secuestro Express fue filmada en formato digital, lo que abre otra polémica que será objeto de algún post futuro: ¿reemplazará totalmente el formato digital al analógico (y el soporte electrónico al celuloide)? Mi respuesta a priori es que sí, pero correrá mucha agua (tecnológica) bajo los puentes y habrá mucho debate en el medio. Averigüen qué está pasando en los mercados de la plata, por un lado, y del níquel y el litio, por el otro, lo que les dará una pista de las tendencias del mercado. La plata es la materia prima para las películas fotográficas. El níquel y el litio lo son de las baterías de las cámaras digitales (además de las computadoras portátiles).
Pero sigamos con nuestro inventario. Después de Secuestro Express vimos Elisa antes del fin del mundo (Juan Antonio de la Riva, México, 1997). Aquí el fin del mundo es la crisis que golpeó con especial fuerza a las clases medias como consecuencia del "error de diciembre", que en otras latitudes se conoció como "efecto tequila". Elisa, una niña de nueve años, agobiada por la situación de su familia, planea un absurdo atraco a un banco que termina en tragedia.
Por último, Nueve reinas (Fabián Bielinsky, Argentina, 2000), el primer largo metraje de los dos que dirigió este realizador, prematuramente desaparecido. Fue el estreno más aplaudido de ese año y una de las películas más exitosas del cine argentino de todos los tiempos. Muy bien actuada por Ricardo Darín, Gastón Pauls y una atractiva Leticia Brédice, sobre un guión del propio Bielinsky, que se hizo merecedor al primer premio (entre 354 guiones) del concurso "Nuevos talentos", nos introduce en tono entre irónico y jocoso en otra modalidad delictiva: la estafa.
Después, las merecidas vacaciones. El balance de 2006: haber mantendido la continuidad del Cine Club, con diez películas proyectadas en dos meses y medio, y el haber difundido un cine poco conocido, aunque también incluimos dos éxitos internacionales como Fresa y Chocolate y Guantanamera, que han llegado hasta la televisión.