Sigo, meses después, y casi a continuación de un accidente informático que me voló los discos duros. Con los recursos tecnológicos disponibles, y mucha paciencia, conseguí reconstruir la información básica, así que arremeto de nuevo.
Marzo de 2007 fue el mes del viraje. Tuve que reconocer, entonces, que el norte también existe, y volver a algunos clásicos de Hollywood. Busqué (y no fue nada fácil encontrarlas) las películas más representativas del "cine negro". Aquel cine que tomó como argumentos las mejores obras de la novela negra, como las de Dashiell Hammett y Raymond Chandler. De las cuatro películas que se proyectaron, una está basada en una novela de Hammett y dos en novelas de Chandler. La última fue un tardío homenaje a ese cine, que fue de las mejores épocas de Holywood.
Vimos en primer lugar El halcón maltés (1941), de John Huston, considerada la película que inauguró el género. Fue la primera película de Huston, protagonizada por dos actores míticos: Humphrey Bogart y Mary Astor (tres, si les sumamos a Peter Lorre). El guión fue del propio John Huston, que por esta película se alzó con dos Oscar: mejor guión y mejor dirección. Una de las grandes obras de la historia del cine, dirigida por un novato. La obra había sido llevada en dos ocasiones a la pantalla, pero está versión superó largamente a las anteriores, de las que nadie se acuerda.
Reproduzco un texto ajeno (de FilmAfinity, un buen sitio de crítica cinematográfica): "Tras escribir una cantidad impresionante de guiones en los años 30 y trabajar para directores de la talla de Wyler, Hawks o Walsh, John Huston decidió que ya era hora de lanzarse a dirigir su propia película. Para ello desempolvó una adaptación suya de una novela del mítico Dashiell Hammett, reunió un presupuesto ínfimo y eligió para el papel del cínico y frío detective Sam Spade al último descubrimiento de la Warner: Humprey Bogart. Tras 10 años haciendo papeles secundarios Bogart había conseguido su primer papel protagonista meses antes en 'El último refugio', de la que el propio Huston fue guionista y en la que ambos se conocieron. Se podría decir que fue el principio de una hermosa amistad. 'El halcón maltés' sería el primer capítulo de la fructífera colaboración Huston-Bogart, que continuaría con 'Across the Pacific', 'El tesoro de Sierra Madre', 'Cayo Largo', 'La reina de África' y 'La burla del diablo'. La imponente actuación de Bogart en su segundo film como protagonista marcó para siempre el perfil ideal del detective privado, del antihéroe de la serie negra, y le reafirmó en el panorama hollywoodiense, permitiéndole conseguir un año después el papel de Rick en 'Casablanca'".
No voy a narrar la historia. Eso nunca se hace, cuando se trata de cine policial, aunque sea el filme más clásico de todos. Pero el final es épico: cuando el policía le pregunta a Sam Spade (protagonizado por Humphrey Bogart) de qué material está hecho el halcón maltés, que tantas muertes ha provocado, éste (dicen las crónicas que fue una aportación del propio Bogart al guión adaptado de Huston) parafraseando a Shakaspeare le respone: "...¿éste? este es el material del que están hechos los sueños...". Para muchos ésta es la mejor obra del cine negro jamás filmada, y es difícil desmentirlos. Y, seguro, está hecha con el material con el que se hacen los sueños.
El siguiente film fue El sueño eterno, de Howard Hawks, basada en la novela del mismo nombre de Raymond Chandler y protagonizada, en el papel de Philip Marlowe, por Humphrey Bogart.
Después vimos Adiós, muñeca, de Dick Richards, con Robert Mitchum en el papel estelar.
Y por último, Cliente muerto no paga (1982), de Carl Reiner.
Ya desarrollaré mejor esta entrada. Por ahora es un anticipo.
martes, 10 de marzo de 2009
lunes, 4 de agosto de 2008
Inventario (III)
Y sigo...
Soy afortunado. Esta entrada va a ser corta. Se refiere, por supuesto y para seguir el orden, a la programación de febrero de 2007. Y es corta porque uno no puede agregar gran cosa a todo lo que ya se ha dicho y escrito del grandioso Charles Chaplin. El ciclo fue el más exitoso de los quince meses: en dos oportunidades llegó, casi, a llenar la sala. Es que Chaplin sigue convocando multitudes.
Bauticé a ese ciclo, en un alarde de imaginación e ingenio literario, "Chaplin básico". El nombre no está descaminado, porque apenas se exhibieron cuatro muestras de su copiosa filmografía: El chico (The kid, 1921), La quimera del oro (The golden rush, 1925), Tiempos modernos (1936) y Candilejas (1952).
El chico, que le valió un Oscar honorífico (uno de los dos que se le dieron a Chaplin, además del que ganó por la música de Candilejas) otorgado en 1928, siete años después de su estreno, es juzgada por muchos como su mejor película. Otros prefieren Luces de la ciudad. Como las opiniones están divididas, incluí la primera en este ciclo y la segunda en otro posterior, dedicado a las glorias del cine mudo. Pero esa otra historia, de la que hablaré en la entrada correspondiente. La historia del vagabundo (su personaje Charlot) que encuentra un niño abandonado y lo cría, es enternecedora. Y tan maravillosa como la actuación de Chaplin es la del niño Jackie Coogan.
La quimera del oro trata un tema que ha sido reiterativo en el cine. El hombre pobre (Charlot, el vagabundo, en este caso) que se enamora de una mujer socialmente inalcanzable y tras hacer fortuna logra conquistarla. Esa mujer, Georgia, es interpretada por Georgia Hale, a la que esta película convirtió temporalmente en una estrella.
Chaplin, en realidad un mimo genial, no se sintió cómodo con la llegada del sonido. La primera película sonora, El cantante de jazz, con Al Jolson, se estrenó en 1927, y Chaplin, sólo en 1931 hizo su primer film con banda de sonido. Fue Luces de la ciudad, pero sólo incorporó en ella la música (que hasta entonces era interpretada en vivo); la película continuó siendo muda. Chaplin opinaba, con razón, que hacer hablar a Charlot estropearía el personaje. La primera película sonora que hizo fue Tiempos modernos, en 1936, ¡nueve años después de la irrupción del sonido en el cine!, que a la vez fue la última en la que aparece Charlot, que sigue sin hablar: sólo lo hacen algunos de los otros personajes. Coestelarizada por una muy joven y atractiva Paulette Godard (con quien por cierto Chaplin vivió un corto matrimonio -cuatro años- que comenzó al finalizar la filmación), Tiempos modernos es un clásico del cine social. Con esta película comenzaron los problemas que, agudizados en la posguerra (la era del macartismo), lo condujeron a abandonar definitivamente los Estados Unidos en 1952.
Para terminar el breve recuento del cine de Chaplin, terminamos el mes con Candilejas, su tercera película sonora, de 1952 (ya dije que Tiempos modernos no puede ser considerada tal, a menos que no lo haya dicho). Quedaron sin proyectarse, en espera de otro ciclo, El gran dictador y Monsieur Verdoux. Candilejas es una película de un profundo contenido autobiográfico. Chaplin, trasmutado en Calvero, su alter ego, un viejo cómico dipsómano y en decadencia, salva de la muerte a una joven bailarina, interpretada por Claire Bloom, que intenta suicidarse porque no puede caminar (y por lo tanto, bailar). Al salvarla y enamorarse de ella, de alguna manera ella lo salva a él, cuya vida ahora tiene un objeto: hacer que Terry (así se llama el personaje) vuelva a caminar y regrese a los escenarios. Lo consigue, y la muchacha reemprende una brillante carrera que la conduce al éxito. Finalmente Calvero también vuelve al escenario, y tras una extraordinaria secuencia que comparte -nada menos- con Buster Keaton (otro de los grandes cómicos del cine mudo), sufre un accidente que lo lleva a morir entre bambalinas, mientras Terry baila. Todo esto acompañado por una magnífica partitura, que le valió un Oscar, y sigue estando entre los temas más hermosos escritos para el cine.
Como siempre, Chaplin hizo el guión, compuso la música, produjo y dirigió el film y fue su protagonista, lujo que sólo puede darse alguien de un talento gigantesco. ¿Qué más puedo decir? Que Candilejas me hizo lagrimear la primera vez que la vi, en mi pueblito natal de la Patagonia argentina (hoy ya no es un pueblito, es una ciudad), siendo un niño, y lo logró nuevamente cuando la proyecté en el Cine Club, más de medio siglo después.
Soy afortunado. Esta entrada va a ser corta. Se refiere, por supuesto y para seguir el orden, a la programación de febrero de 2007. Y es corta porque uno no puede agregar gran cosa a todo lo que ya se ha dicho y escrito del grandioso Charles Chaplin. El ciclo fue el más exitoso de los quince meses: en dos oportunidades llegó, casi, a llenar la sala. Es que Chaplin sigue convocando multitudes.
Bauticé a ese ciclo, en un alarde de imaginación e ingenio literario, "Chaplin básico". El nombre no está descaminado, porque apenas se exhibieron cuatro muestras de su copiosa filmografía: El chico (The kid, 1921), La quimera del oro (The golden rush, 1925), Tiempos modernos (1936) y Candilejas (1952).
El chico, que le valió un Oscar honorífico (uno de los dos que se le dieron a Chaplin, además del que ganó por la música de Candilejas) otorgado en 1928, siete años después de su estreno, es juzgada por muchos como su mejor película. Otros prefieren Luces de la ciudad. Como las opiniones están divididas, incluí la primera en este ciclo y la segunda en otro posterior, dedicado a las glorias del cine mudo. Pero esa otra historia, de la que hablaré en la entrada correspondiente. La historia del vagabundo (su personaje Charlot) que encuentra un niño abandonado y lo cría, es enternecedora. Y tan maravillosa como la actuación de Chaplin es la del niño Jackie Coogan.
La quimera del oro trata un tema que ha sido reiterativo en el cine. El hombre pobre (Charlot, el vagabundo, en este caso) que se enamora de una mujer socialmente inalcanzable y tras hacer fortuna logra conquistarla. Esa mujer, Georgia, es interpretada por Georgia Hale, a la que esta película convirtió temporalmente en una estrella.
Chaplin, en realidad un mimo genial, no se sintió cómodo con la llegada del sonido. La primera película sonora, El cantante de jazz, con Al Jolson, se estrenó en 1927, y Chaplin, sólo en 1931 hizo su primer film con banda de sonido. Fue Luces de la ciudad, pero sólo incorporó en ella la música (que hasta entonces era interpretada en vivo); la película continuó siendo muda. Chaplin opinaba, con razón, que hacer hablar a Charlot estropearía el personaje. La primera película sonora que hizo fue Tiempos modernos, en 1936, ¡nueve años después de la irrupción del sonido en el cine!, que a la vez fue la última en la que aparece Charlot, que sigue sin hablar: sólo lo hacen algunos de los otros personajes. Coestelarizada por una muy joven y atractiva Paulette Godard (con quien por cierto Chaplin vivió un corto matrimonio -cuatro años- que comenzó al finalizar la filmación), Tiempos modernos es un clásico del cine social. Con esta película comenzaron los problemas que, agudizados en la posguerra (la era del macartismo), lo condujeron a abandonar definitivamente los Estados Unidos en 1952.
Para terminar el breve recuento del cine de Chaplin, terminamos el mes con Candilejas, su tercera película sonora, de 1952 (ya dije que Tiempos modernos no puede ser considerada tal, a menos que no lo haya dicho). Quedaron sin proyectarse, en espera de otro ciclo, El gran dictador y Monsieur Verdoux. Candilejas es una película de un profundo contenido autobiográfico. Chaplin, trasmutado en Calvero, su alter ego, un viejo cómico dipsómano y en decadencia, salva de la muerte a una joven bailarina, interpretada por Claire Bloom, que intenta suicidarse porque no puede caminar (y por lo tanto, bailar). Al salvarla y enamorarse de ella, de alguna manera ella lo salva a él, cuya vida ahora tiene un objeto: hacer que Terry (así se llama el personaje) vuelva a caminar y regrese a los escenarios. Lo consigue, y la muchacha reemprende una brillante carrera que la conduce al éxito. Finalmente Calvero también vuelve al escenario, y tras una extraordinaria secuencia que comparte -nada menos- con Buster Keaton (otro de los grandes cómicos del cine mudo), sufre un accidente que lo lleva a morir entre bambalinas, mientras Terry baila. Todo esto acompañado por una magnífica partitura, que le valió un Oscar, y sigue estando entre los temas más hermosos escritos para el cine.
Como siempre, Chaplin hizo el guión, compuso la música, produjo y dirigió el film y fue su protagonista, lujo que sólo puede darse alguien de un talento gigantesco. ¿Qué más puedo decir? Que Candilejas me hizo lagrimear la primera vez que la vi, en mi pueblito natal de la Patagonia argentina (hoy ya no es un pueblito, es una ciudad), siendo un niño, y lo logró nuevamente cuando la proyecté en el Cine Club, más de medio siglo después.
domingo, 3 de agosto de 2008
Inventario (II):
Y sigo con el inventario. En enero de 2007 se proyectó el ciclo "Directores argentinos". No necesariamente películas argentinas. No cabe duda con respecto a los directores (por eso el nombre del ciclo), pero tres de los cuatro films proyectados fueron coproducciones, en dos casos argentino-españolas y en otro argentino-franco-española.
La coproducción es un mecanismo bastante recurrido hoy en día, que permite lograr sinergias -al sumar recursos tecnológicos y artísticos-, obtener financiamiento y, sobre todo, trascender las fronteras nacionales en la distribución. Entre las próximas entradas (hasta ahora prometidas y no cumplidas) tendré que incluir una más extensa sobre el tema.
Vimos cuatro películas -decía- de tres de los grandes directores argentinos de las dos últimas décadas, uno de ellos prematuramente desaparecido (o sea, muerto; los muertos no desaparecen: mueren y se los entierra, generalmente entre manifestaciones de dolor; desaparecen los "desaparecidos", ese horrible invento latinoamericano). Los directores fueron Adolfo Aristarain, Juan José Campanella y Fabián Bielinsky, y las películas, las siguientes:
La primera semana de enero vimos Lugares Comunes (2002), de Aristarain, protagonizada por su actor favorito, Federico Luppi, que comparte cartel con la española Mercedes Sampietro, en virtud de tratarse de una coproducción hispano-argentina. Una excelente película, que mereció dos premios Goya (a la mejor actriz y al mejor guión adaptado) y otros dos en el Festival de San Sebastián (Concha de Plata a Mercedes Sampietro como mejor actriz y Premio del Jurado al mejor guión).
Ustedes saben (¿no sabían?, bueno, ahora lo saben) que antes de empezar cada ciclo tenía que mandar la información a la Dirección de Cultura, para incorporarla en la Cartelera Cultural de Tampico. Como uno está metido en otras (varias) actividades, de las cuales algunas sirven para vivir, esa información la elabora a último momento, recurriendo a fuentes disponibles en la red. Si detectan esa situación, pido disculpas de antemano.
Lugares Comunes es la historia de un hombre que, ya en la madurez, es obligado a reinventar su vida, ante una jubilación forzosa, que no solicitó. También es la historia de una relación de pareja adulta, sólida, y del conflicto con el hijo aburguesado que vive en España, símbolo de todo lo que el protagonista nunca quiso ser. Y de la búsqueda de nuevos horizontes y alternativas de vida. Excelente y actuada con la maestría de dos actores veteranos, es conmovedora. Una pequeña obra maestra de Aristarain.
La segunda semana se la dedicamos a El mismo amor, la misma lluvia (1999), de Juan José Campanella, una película que nunca será un clásico, pero cuya discreta historia es fresca y tierna. El film tiene una virtud importante: está muy bien actuado por dos excelentes profesionales, Ricardo Darín y Soledad Villamil. La estructura dramática es sencilla: Jorge (Ricardo Darín) es una joven promesa de la literatura argentina, pero mientras tanto sobrevive escribiendo cuentos románticos para una revista de actualidad. Una noche conoce a Laura (Soledad Villamil), una joven y soñadora camarera que espera a su novio, un artista que está montando una exposición en el Uruguay, del que hace meses que no tiene noticias. Jorge y Laura terminan trabando una relación amorosa que se complica por la insistencia de Laura en que Jorge se transforme en un "escritor serio". Así, la relación se deteriora y acaba en ruptura, tras la que sobrevienen años de encuentros y desencuentros, encantos y desencantos. Todo ello narrado en clave de humor e ironía. Como decía arriba, no es una película excepcional, y seguramente será olvidada, pero es una comedia romántica que convoca momentos agradables. No es la mejor película de Campanella, que fue nominado al Oscar a la mejor película extranjera (2001) por El hijo de la novia. Sin embargo, obtuvo 8 cóndores de plata (Mejor película, mejor director, mejor actor, mejor actriz, mejor actor de reparto, mejor guión original, mejor fotografía y mejor dirección artística) de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina.
Luego vimos Martín H (Adolfo Aristarain, 1997), ésta sí un clásico de los que nos propina habitualmente este veterano y sólido director, y probablemente una de las mejores de su importante y premiada producción. Es la historia, precisamente de la relación entre un director de cine (Martín, protagonizado -una vez más- por Federico Luppi) y su hijo, que siguiendo la tradición familiar, también se llama Martín, pero a quien todo el mundo conoce como H, por esa costumbre de suceder al nombre con una (h) cuando se tiene el mismo nombre que su padre. Relación entre difícil y tortuosa, por la actitud de Martín (p) de negarse a evidenciar sus afectos de otro modo que intentando imponer a sus seres queridos futuros que no son los que necesariamente ellos desean. Acompañan a los dos Martín una brillante Cecilia Roth (Alicia, la amante de Martín padre) y un no menos brillante Eusebio Poncela (Dante, su mejor amigo).
Enumerar los premios que recibió Martín H no es fácil. El film, como mejor película; Aristarain, como mejor director; Federico Luppi, Cecilia Roth y Eusebio Poncela, como mejores actores, se repartieron premios en los festivales de San Sebastián, Biarritz, Oslo, Valdivia y La Habana, cóndores de plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, el Premio Ondas de Radio Barcelona, premios Goya y el Premio Sant Jordi.
Y el mes cerró a lo grande, con El Aura (Fabián Bielinsky, 2005), la segunda y última película de este malogrado director, del que ya habíamos disfrutado Nueve Reinas. Nuevamente protagonizada por Ricardo Darín (si Luppi es el actor favorito de Aristarain, Darín lo era de Bielinsky), a quien acompañan con altura Dolores Fonzi, Nahuel Pérez Bizcayart y otros buenos actores, es un thriller de excelente factura. Renuncio a contar el argumento o ensayar una crítica: no podría hacerlo mejor que ésta.
Mi síntesis: creo que fue un buen ciclo, y que fue disfrutado por el público. Buena manera de comenzar el año.
La coproducción es un mecanismo bastante recurrido hoy en día, que permite lograr sinergias -al sumar recursos tecnológicos y artísticos-, obtener financiamiento y, sobre todo, trascender las fronteras nacionales en la distribución. Entre las próximas entradas (hasta ahora prometidas y no cumplidas) tendré que incluir una más extensa sobre el tema.
Vimos cuatro películas -decía- de tres de los grandes directores argentinos de las dos últimas décadas, uno de ellos prematuramente desaparecido (o sea, muerto; los muertos no desaparecen: mueren y se los entierra, generalmente entre manifestaciones de dolor; desaparecen los "desaparecidos", ese horrible invento latinoamericano). Los directores fueron Adolfo Aristarain, Juan José Campanella y Fabián Bielinsky, y las películas, las siguientes:
La primera semana de enero vimos Lugares Comunes (2002), de Aristarain, protagonizada por su actor favorito, Federico Luppi, que comparte cartel con la española Mercedes Sampietro, en virtud de tratarse de una coproducción hispano-argentina. Una excelente película, que mereció dos premios Goya (a la mejor actriz y al mejor guión adaptado) y otros dos en el Festival de San Sebastián (Concha de Plata a Mercedes Sampietro como mejor actriz y Premio del Jurado al mejor guión).
Ustedes saben (¿no sabían?, bueno, ahora lo saben) que antes de empezar cada ciclo tenía que mandar la información a la Dirección de Cultura, para incorporarla en la Cartelera Cultural de Tampico. Como uno está metido en otras (varias) actividades, de las cuales algunas sirven para vivir, esa información la elabora a último momento, recurriendo a fuentes disponibles en la red. Si detectan esa situación, pido disculpas de antemano.
Lugares Comunes es la historia de un hombre que, ya en la madurez, es obligado a reinventar su vida, ante una jubilación forzosa, que no solicitó. También es la historia de una relación de pareja adulta, sólida, y del conflicto con el hijo aburguesado que vive en España, símbolo de todo lo que el protagonista nunca quiso ser. Y de la búsqueda de nuevos horizontes y alternativas de vida. Excelente y actuada con la maestría de dos actores veteranos, es conmovedora. Una pequeña obra maestra de Aristarain.
La segunda semana se la dedicamos a El mismo amor, la misma lluvia (1999), de Juan José Campanella, una película que nunca será un clásico, pero cuya discreta historia es fresca y tierna. El film tiene una virtud importante: está muy bien actuado por dos excelentes profesionales, Ricardo Darín y Soledad Villamil. La estructura dramática es sencilla: Jorge (Ricardo Darín) es una joven promesa de la literatura argentina, pero mientras tanto sobrevive escribiendo cuentos románticos para una revista de actualidad. Una noche conoce a Laura (Soledad Villamil), una joven y soñadora camarera que espera a su novio, un artista que está montando una exposición en el Uruguay, del que hace meses que no tiene noticias. Jorge y Laura terminan trabando una relación amorosa que se complica por la insistencia de Laura en que Jorge se transforme en un "escritor serio". Así, la relación se deteriora y acaba en ruptura, tras la que sobrevienen años de encuentros y desencuentros, encantos y desencantos. Todo ello narrado en clave de humor e ironía. Como decía arriba, no es una película excepcional, y seguramente será olvidada, pero es una comedia romántica que convoca momentos agradables. No es la mejor película de Campanella, que fue nominado al Oscar a la mejor película extranjera (2001) por El hijo de la novia. Sin embargo, obtuvo 8 cóndores de plata (Mejor película, mejor director, mejor actor, mejor actriz, mejor actor de reparto, mejor guión original, mejor fotografía y mejor dirección artística) de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina.
Luego vimos Martín H (Adolfo Aristarain, 1997), ésta sí un clásico de los que nos propina habitualmente este veterano y sólido director, y probablemente una de las mejores de su importante y premiada producción. Es la historia, precisamente de la relación entre un director de cine (Martín, protagonizado -una vez más- por Federico Luppi) y su hijo, que siguiendo la tradición familiar, también se llama Martín, pero a quien todo el mundo conoce como H, por esa costumbre de suceder al nombre con una (h) cuando se tiene el mismo nombre que su padre. Relación entre difícil y tortuosa, por la actitud de Martín (p) de negarse a evidenciar sus afectos de otro modo que intentando imponer a sus seres queridos futuros que no son los que necesariamente ellos desean. Acompañan a los dos Martín una brillante Cecilia Roth (Alicia, la amante de Martín padre) y un no menos brillante Eusebio Poncela (Dante, su mejor amigo).
Enumerar los premios que recibió Martín H no es fácil. El film, como mejor película; Aristarain, como mejor director; Federico Luppi, Cecilia Roth y Eusebio Poncela, como mejores actores, se repartieron premios en los festivales de San Sebastián, Biarritz, Oslo, Valdivia y La Habana, cóndores de plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, el Premio Ondas de Radio Barcelona, premios Goya y el Premio Sant Jordi.
Y el mes cerró a lo grande, con El Aura (Fabián Bielinsky, 2005), la segunda y última película de este malogrado director, del que ya habíamos disfrutado Nueve Reinas. Nuevamente protagonizada por Ricardo Darín (si Luppi es el actor favorito de Aristarain, Darín lo era de Bielinsky), a quien acompañan con altura Dolores Fonzi, Nahuel Pérez Bizcayart y otros buenos actores, es un thriller de excelente factura. Renuncio a contar el argumento o ensayar una crítica: no podría hacerlo mejor que ésta.
Mi síntesis: creo que fue un buen ciclo, y que fue disfrutado por el público. Buena manera de comenzar el año.
martes, 6 de mayo de 2008
Para que no se me olvide
Una de las grandes películas que exhibimos a fines de 2007 fue Carandirú, de Héctor Babenco. Hoy encontré un buen análisis, que no quiero que se me pierda cuando narre ese episodio. Aquí está: http://www.nuso.org/upload/articulos/3424_1.pdf.
domingo, 23 de diciembre de 2007
Inventario (I)
Éste iba a ser el post más largo de este blog. La idea era hacer el recuento de un año y tres meses de funcionamiento, desde octubre de 2006 hasta diciembre de 2007. En total, 57 películas exhibidas (o programadas: hubo tres o cuatro que no se pasaron, por distintas razones accidentales). En un sólo post pensaba poner ciclo por ciclo, película por película. Pero después de reportar la mitad de un ciclo, y tardar más de tres horas en ello, llego a la conclusión de que va a ser más sensato hacerlo por partes. Aquí va el refresco (ya narrado antes) de octubre de 2006, y la historia de noviembre y diciembre de ese año.
Octubre 2006: Una mirada al cine cubano
Ya hablamos de este ciclo. Fueron cuatro películas. La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea; Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995) de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, y Lista de Espera (2003), de Juan Carlos Tabío. Algunas joyas del cine cubano, del maestro Titón (Gutiérrez Alea) y su discípulo Tabío. Hay más detalles en la entrada correspondiente. No los repito.
Noviembre/diciembre 2006: Bajos fondos
La violencia y el delito son dos temas recurrentes en el cine latinoamericano. Motivos no faltan: nuestras sociedades están permeadas por estos fenómenos. Por eso elegimos este tema para el segundo mes (y medio), siempre en la onda de privilegiar el cine de nuestra región. Vimos seis películas:
Sicario (José Novoa, Venezuela, 1994). Una buena película, pese a la opinión de algunos críticos. La historia de un adolescente de Medellín que busca salir de la miseria convirtiéndose en asesino a sueldo. Tal vez sus defectos cinematográficos sean más que compensados por la denuncia de una realidad demasiado fuerte, lo que la hizo merecedora de una gran cantidad de premios internacionales. Es la segunda película de José Novoa, director de origen uruguayo afincado en Venezuela, producida por Elia Schneider, su esposa, en una cooperación ya habitual en ellos: uno de los dos dirige y el otro produce. Esa forma de trabajo ha producido otros éxitos, como Huelepega (La ley de la calle) y Punto y raya.
Últimos días de la víctima (Adolfo Aristarain, Argentina, 1982). Un film de uno de los mejores directores argentinos. Un thriller basado en la novela homónima de José Pablo Feinmann, en el que el trabajo de un asesino a sueldo (entonces todavía no se había recuperado la vieja palabra sicario) se entremezcla con el clima enrarecido y asfixiante de la Argentina de la última dictadura cívico-militar. De hecho, recuerdo que la primera vez que la vi fue en una muestra de cine argentino en la Caracas de los 80, y la sensación fue terrorífica. Apenas unos años antes un almirante que representaba a la dictadura argentina en Washington había elaborado públicamente una metáfora sobre el terror y la violencia extra-legal (o para-legal): como el organismo (el cuerpo de la república) tenía una enfermedad maligna, había que aplicar cirugía mayor; la hora de limpiar el bisturí sería después. Yo interpreté esta película (un gran thriller, incluso sin esa interpretación) como una exacta metáfora de la metáfora naval (¿una meta-metáfora? reclamo los créditos por el invento). Vista así, provoca escalofríos aun a 25 años (cinco lustros, toda la vida de algunos muchachos y muchachas que suelen venir a las funciones) de su estreno.
La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, Colombia/Francia, 2000). No debe haber escritores más polémicos que el colombiano (ex-colombiano, ahora mexicano) Fernando Vallejo. Cuando publicó su novela "La virgen de los sicarios" le dijo a su amigo Barbet Schroeder (un francés nacido en Teherán, Irán) que en esa novela había una película, y que quería que él la dirigiera. No fue fácil, Vallejo hizo el guión, para lo que tuvo que pasar a voz activa una narración escrita originalmente en tercera persona. Ésa fue la condición que le puso Schroeder para aceptar la dirección. La obra, cinematográficamente bien lograda, escandalizó a Medellín -ciudad natal del escritor- por el tratamiento que hace del tema del sicariato adolescente, casi niños que matan (y mueren, paradójicamente) para vivir. Sin embargo el mismo autor del libro afirma que no intentó hacer un análisis sociológico; sólo escribir una novela de amor. De amor homosexual, hay que aclarar, en lo que la novela (y la película, por ende) tiene un fuerte carácter autobiográfico. El film fue realizado totalmente en formato digital de alta definición, algo normal hoy pero no tanto hace siete años. La elección tecnológica estuvo basada, seguramente, en cuestiones de costos, pero también de seguridad. Lo digital implica menos movilización de equipos y trabajo más rápido, y hay escenas de la película que podrían haber sido muy conflictivas si se hubieran filmado del modo convencional. El tema es simple: tras una larga ausencia, Fernando (alter ego del escritor) vuelve a Medellín "para morir" según sus palabras. Encuentra una ciudad muy distinta a la que había dejado, en la que imperan el narcotráfico y la violencia. En un burdel conoce a Alexis, un adolescente del que se enamora, y con él se interna en una violencia frente a la cual se va volviendo cada vez más indiferente. Un buen marco para que Vallejo muestre por un lado el amor a su ciudad, y por el otro sus críticas, sus confesiones y sus obsesiones. Un film que no se puede dejar de ver, porque está condenado a convertirse en un clásico.
Secuestro Express (Jonathan Jacubowicz, Venezuela, 2004). Una buena película, que aborda el tema de uno de los más delitos más frecuentes en la actualidad en las ciudades latinoamericanas, el que le da el nombre a la película. La acción transcurre entre la madrugada y media mañana de un día cualquiera en Caracas. Cinco o seis horas de extrema tensión, en las que una pareja es víctima de esta modalidad delictiva. Con buenas actuaciones de la argentina Mía Maestro (que después de ser elegida en el casting tuvo que hacer un proceso de inmersión en la cultura caraqueña y en el habla del este de Caracas, del que sale airosa), el animador de televisión Jean Paul Leroux, y cuatro (semi) auténticos malandros, integrantes de un grupo de hip hop. Y una mejorable (por no decir pésima) actuación de Rubén Blades, cuya única explicación en el elenco debe ser la incorporación de un nombre con proyección internacional. Fue la ópera prima de Jonathan Jacubowicz, de 26 años de edad cuando realizó el film. La película se inscribe en la tradición de un Tarantino, por ejemplo, pero también en la del cine venezolano de los años 70, y resultó polémica, en el caliente clima político venezolano, por una cortísima secuencia introductoria. Es una gran película, aunque lejos del hiperbólico calificativo que le dieron algunos de ser la mejor película del cine venezolano de todos los tiempos.
Aquí, un pequeño interludio. Como La Virgen de los Sicarios, Secuestro Express fue filmada en formato digital, lo que abre otra polémica que será objeto de algún post futuro: ¿reemplazará totalmente el formato digital al analógico (y el soporte electrónico al celuloide)? Mi respuesta a priori es que sí, pero correrá mucha agua (tecnológica) bajo los puentes y habrá mucho debate en el medio. Averigüen qué está pasando en los mercados de la plata, por un lado, y del níquel y el litio, por el otro, lo que les dará una pista de las tendencias del mercado. La plata es la materia prima para las películas fotográficas. El níquel y el litio lo son de las baterías de las cámaras digitales (además de las computadoras portátiles).
Pero sigamos con nuestro inventario. Después de Secuestro Express vimos Elisa antes del fin del mundo (Juan Antonio de la Riva, México, 1997). Aquí el fin del mundo es la crisis que golpeó con especial fuerza a las clases medias como consecuencia del "error de diciembre", que en otras latitudes se conoció como "efecto tequila". Elisa, una niña de nueve años, agobiada por la situación de su familia, planea un absurdo atraco a un banco que termina en tragedia.
Por último, Nueve reinas (Fabián Bielinsky, Argentina, 2000), el primer largo metraje de los dos que dirigió este realizador, prematuramente desaparecido. Fue el estreno más aplaudido de ese año y una de las películas más exitosas del cine argentino de todos los tiempos. Muy bien actuada por Ricardo Darín, Gastón Pauls y una atractiva Leticia Brédice, sobre un guión del propio Bielinsky, que se hizo merecedor al primer premio (entre 354 guiones) del concurso "Nuevos talentos", nos introduce en tono entre irónico y jocoso en otra modalidad delictiva: la estafa.
Después, las merecidas vacaciones. El balance de 2006: haber mantendido la continuidad del Cine Club, con diez películas proyectadas en dos meses y medio, y el haber difundido un cine poco conocido, aunque también incluimos dos éxitos internacionales como Fresa y Chocolate y Guantanamera, que han llegado hasta la televisión.
Octubre 2006: Una mirada al cine cubano
Ya hablamos de este ciclo. Fueron cuatro películas. La muerte de un burócrata (1966), de Tomás Gutiérrez Alea; Fresa y Chocolate (1993) y Guantanamera (1995) de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, y Lista de Espera (2003), de Juan Carlos Tabío. Algunas joyas del cine cubano, del maestro Titón (Gutiérrez Alea) y su discípulo Tabío. Hay más detalles en la entrada correspondiente. No los repito.
Noviembre/diciembre 2006: Bajos fondos
La violencia y el delito son dos temas recurrentes en el cine latinoamericano. Motivos no faltan: nuestras sociedades están permeadas por estos fenómenos. Por eso elegimos este tema para el segundo mes (y medio), siempre en la onda de privilegiar el cine de nuestra región. Vimos seis películas:
Sicario (José Novoa, Venezuela, 1994). Una buena película, pese a la opinión de algunos críticos. La historia de un adolescente de Medellín que busca salir de la miseria convirtiéndose en asesino a sueldo. Tal vez sus defectos cinematográficos sean más que compensados por la denuncia de una realidad demasiado fuerte, lo que la hizo merecedora de una gran cantidad de premios internacionales. Es la segunda película de José Novoa, director de origen uruguayo afincado en Venezuela, producida por Elia Schneider, su esposa, en una cooperación ya habitual en ellos: uno de los dos dirige y el otro produce. Esa forma de trabajo ha producido otros éxitos, como Huelepega (La ley de la calle) y Punto y raya.
Últimos días de la víctima (Adolfo Aristarain, Argentina, 1982). Un film de uno de los mejores directores argentinos. Un thriller basado en la novela homónima de José Pablo Feinmann, en el que el trabajo de un asesino a sueldo (entonces todavía no se había recuperado la vieja palabra sicario) se entremezcla con el clima enrarecido y asfixiante de la Argentina de la última dictadura cívico-militar. De hecho, recuerdo que la primera vez que la vi fue en una muestra de cine argentino en la Caracas de los 80, y la sensación fue terrorífica. Apenas unos años antes un almirante que representaba a la dictadura argentina en Washington había elaborado públicamente una metáfora sobre el terror y la violencia extra-legal (o para-legal): como el organismo (el cuerpo de la república) tenía una enfermedad maligna, había que aplicar cirugía mayor; la hora de limpiar el bisturí sería después. Yo interpreté esta película (un gran thriller, incluso sin esa interpretación) como una exacta metáfora de la metáfora naval (¿una meta-metáfora? reclamo los créditos por el invento). Vista así, provoca escalofríos aun a 25 años (cinco lustros, toda la vida de algunos muchachos y muchachas que suelen venir a las funciones) de su estreno.
La virgen de los sicarios (Barbet Schroeder, Colombia/Francia, 2000). No debe haber escritores más polémicos que el colombiano (ex-colombiano, ahora mexicano) Fernando Vallejo. Cuando publicó su novela "La virgen de los sicarios" le dijo a su amigo Barbet Schroeder (un francés nacido en Teherán, Irán) que en esa novela había una película, y que quería que él la dirigiera. No fue fácil, Vallejo hizo el guión, para lo que tuvo que pasar a voz activa una narración escrita originalmente en tercera persona. Ésa fue la condición que le puso Schroeder para aceptar la dirección. La obra, cinematográficamente bien lograda, escandalizó a Medellín -ciudad natal del escritor- por el tratamiento que hace del tema del sicariato adolescente, casi niños que matan (y mueren, paradójicamente) para vivir. Sin embargo el mismo autor del libro afirma que no intentó hacer un análisis sociológico; sólo escribir una novela de amor. De amor homosexual, hay que aclarar, en lo que la novela (y la película, por ende) tiene un fuerte carácter autobiográfico. El film fue realizado totalmente en formato digital de alta definición, algo normal hoy pero no tanto hace siete años. La elección tecnológica estuvo basada, seguramente, en cuestiones de costos, pero también de seguridad. Lo digital implica menos movilización de equipos y trabajo más rápido, y hay escenas de la película que podrían haber sido muy conflictivas si se hubieran filmado del modo convencional. El tema es simple: tras una larga ausencia, Fernando (alter ego del escritor) vuelve a Medellín "para morir" según sus palabras. Encuentra una ciudad muy distinta a la que había dejado, en la que imperan el narcotráfico y la violencia. En un burdel conoce a Alexis, un adolescente del que se enamora, y con él se interna en una violencia frente a la cual se va volviendo cada vez más indiferente. Un buen marco para que Vallejo muestre por un lado el amor a su ciudad, y por el otro sus críticas, sus confesiones y sus obsesiones. Un film que no se puede dejar de ver, porque está condenado a convertirse en un clásico.
Secuestro Express (Jonathan Jacubowicz, Venezuela, 2004). Una buena película, que aborda el tema de uno de los más delitos más frecuentes en la actualidad en las ciudades latinoamericanas, el que le da el nombre a la película. La acción transcurre entre la madrugada y media mañana de un día cualquiera en Caracas. Cinco o seis horas de extrema tensión, en las que una pareja es víctima de esta modalidad delictiva. Con buenas actuaciones de la argentina Mía Maestro (que después de ser elegida en el casting tuvo que hacer un proceso de inmersión en la cultura caraqueña y en el habla del este de Caracas, del que sale airosa), el animador de televisión Jean Paul Leroux, y cuatro (semi) auténticos malandros, integrantes de un grupo de hip hop. Y una mejorable (por no decir pésima) actuación de Rubén Blades, cuya única explicación en el elenco debe ser la incorporación de un nombre con proyección internacional. Fue la ópera prima de Jonathan Jacubowicz, de 26 años de edad cuando realizó el film. La película se inscribe en la tradición de un Tarantino, por ejemplo, pero también en la del cine venezolano de los años 70, y resultó polémica, en el caliente clima político venezolano, por una cortísima secuencia introductoria. Es una gran película, aunque lejos del hiperbólico calificativo que le dieron algunos de ser la mejor película del cine venezolano de todos los tiempos.
Aquí, un pequeño interludio. Como La Virgen de los Sicarios, Secuestro Express fue filmada en formato digital, lo que abre otra polémica que será objeto de algún post futuro: ¿reemplazará totalmente el formato digital al analógico (y el soporte electrónico al celuloide)? Mi respuesta a priori es que sí, pero correrá mucha agua (tecnológica) bajo los puentes y habrá mucho debate en el medio. Averigüen qué está pasando en los mercados de la plata, por un lado, y del níquel y el litio, por el otro, lo que les dará una pista de las tendencias del mercado. La plata es la materia prima para las películas fotográficas. El níquel y el litio lo son de las baterías de las cámaras digitales (además de las computadoras portátiles).
Pero sigamos con nuestro inventario. Después de Secuestro Express vimos Elisa antes del fin del mundo (Juan Antonio de la Riva, México, 1997). Aquí el fin del mundo es la crisis que golpeó con especial fuerza a las clases medias como consecuencia del "error de diciembre", que en otras latitudes se conoció como "efecto tequila". Elisa, una niña de nueve años, agobiada por la situación de su familia, planea un absurdo atraco a un banco que termina en tragedia.
Por último, Nueve reinas (Fabián Bielinsky, Argentina, 2000), el primer largo metraje de los dos que dirigió este realizador, prematuramente desaparecido. Fue el estreno más aplaudido de ese año y una de las películas más exitosas del cine argentino de todos los tiempos. Muy bien actuada por Ricardo Darín, Gastón Pauls y una atractiva Leticia Brédice, sobre un guión del propio Bielinsky, que se hizo merecedor al primer premio (entre 354 guiones) del concurso "Nuevos talentos", nos introduce en tono entre irónico y jocoso en otra modalidad delictiva: la estafa.
Después, las merecidas vacaciones. El balance de 2006: haber mantendido la continuidad del Cine Club, con diez películas proyectadas en dos meses y medio, y el haber difundido un cine poco conocido, aunque también incluimos dos éxitos internacionales como Fresa y Chocolate y Guantanamera, que han llegado hasta la televisión.
domingo, 2 de diciembre de 2007
Programación de enero 2008: cine bélico
[Mantengo esta entrada por simple testarudez. Cosas de mi gen baturro (diluido al 25%). Un cambio de administración municipal alteró los planes, y este programa no se realizó. Lo mantengo como propuesta, porque creo (sigo creyendo) que vale la pena].
Las actividades de enero de 2008 comenzarán el martes 16. Las dos primeras semanas son de vacaciones. La propuesta, esta vez, es algo de lo que genéricamente se suele llamar "cine bélico", entendiendo por tal las cosas que pasan durante las guerras. Cosas de muy distinta naturaleza, claro, como verán en esta mínima muestra de tres filmes.
El martes 15 de enero veremos El Ejército de las Sombras (L'Armeé des Ombres, Francia 1969), del gran director francés Jean-Pierre Melville. Esta película, recordarán, estuvo programada en agosto de 2007, pero las vacaciones impidieron su proyección. Ahora vamos a verla. Es un homenaje a los hombres y mujeres de la resistencia francesa, en la que el propio Melville fue combatiente. Y como siempre, un canto a la amistad y la lealtad, una constante en el cine de este director, injustamente olvidado durante mucho tiempo. Protagonizan algunos grandes actores del cine de la época, como Serge Reggiani, Lino Ventura y Simone Signoret.
El martes 22 proyectaremos La Caída (Der Untergang, Alemania, 2004), de Oliver Hirschbiegel. Una película que narra las últimas dos semanas de la vida de Hitler, recluído en el bunker de la Cancillería de Berlín, según el diario de su secretaria. El personaje está muy bien representado por el actor suizo Bruno Ganz, a tal punto que algunos críticos sostienen que esa actuación es muy superior a la película. Personalmente me impresiona la actitud megalómana de un jefe que reparte órdenes a ejércitos que ya no existen, cuando la batalla final se está librando a pocas cuadras de su refugio. En ese momento el "Reich de los mil años" (que duró apenas doce, desde enero de 1933 hasta mayo de 1945; la docena de años más larga de la historia europea) abarcaba unas pocas hectáreas.
Y cerramos el mes, el martes 29, con El Valle de los Lobos - Irak (Kurtlar Vadisi - Irak, Turquía, 2006), de Serdar Akar. Kurtlar Vadisi es el nombre de una popular serie de la televisión turca, del mismo director, cuyo protagonista, Polat Alendar (que también lo es de la película), es personificado por el actor Necati Sasmaz. Sobre ese formato se elaboró este film, que parte de un hecho real: el arresto en forma humillante por parte de soldados (¿o paramilitares? ¿Blackwater, tal vez?) estadounidenses de once militares turcos, llevado a cabo el 4 de julio de 2000 en Suleimania, al norte de Irak. Tras el suicidio de un amigo, que formaba parte del contingente, Polat Alendar entra en acción para vengarlo y a partir de allí se construye un verdadero panfleto, al mejor estilo de Hollywood, salvo que en esta oportunidad los malos son los estadounidenses. Una buena película, aunque más no sea por esa curiosidad, filmada con el presupuesto más alto del cine turco: diez millones de dólares. A los soldados norteamericanos se les prohibió verla, por creerse que es desmoralizadora, y su presentación en los circuitos europeos, en los que resultó exitosa, estuvo rodeada de varios escándalos e intentos de censura.
En fin, nos parece una buena programación para empezar el año. Y quedaron afuera producciones no menos valiosas, que ya tendremos oportunidad de ver. Por ejemplo, para dar uno solo, Trenes Rigurosamente Vigilados (Ostre sledované vlaky, Checoeslovaquia, 1966), de Jirí Menzel. Una verdadera obra maestra, que narra el despertar sexual de un joven en el marco de la ocupación alemana de Checoeslovaquia, incluida entre las 100 mejores películas de la historia del cine por los críticos de la revista Time. Ya la veremos.
Las actividades de enero de 2008 comenzarán el martes 16. Las dos primeras semanas son de vacaciones. La propuesta, esta vez, es algo de lo que genéricamente se suele llamar "cine bélico", entendiendo por tal las cosas que pasan durante las guerras. Cosas de muy distinta naturaleza, claro, como verán en esta mínima muestra de tres filmes.
El martes 15 de enero veremos El Ejército de las Sombras (L'Armeé des Ombres, Francia 1969), del gran director francés Jean-Pierre Melville. Esta película, recordarán, estuvo programada en agosto de 2007, pero las vacaciones impidieron su proyección. Ahora vamos a verla. Es un homenaje a los hombres y mujeres de la resistencia francesa, en la que el propio Melville fue combatiente. Y como siempre, un canto a la amistad y la lealtad, una constante en el cine de este director, injustamente olvidado durante mucho tiempo. Protagonizan algunos grandes actores del cine de la época, como Serge Reggiani, Lino Ventura y Simone Signoret.
El martes 22 proyectaremos La Caída (Der Untergang, Alemania, 2004), de Oliver Hirschbiegel. Una película que narra las últimas dos semanas de la vida de Hitler, recluído en el bunker de la Cancillería de Berlín, según el diario de su secretaria. El personaje está muy bien representado por el actor suizo Bruno Ganz, a tal punto que algunos críticos sostienen que esa actuación es muy superior a la película. Personalmente me impresiona la actitud megalómana de un jefe que reparte órdenes a ejércitos que ya no existen, cuando la batalla final se está librando a pocas cuadras de su refugio. En ese momento el "Reich de los mil años" (que duró apenas doce, desde enero de 1933 hasta mayo de 1945; la docena de años más larga de la historia europea) abarcaba unas pocas hectáreas.
Y cerramos el mes, el martes 29, con El Valle de los Lobos - Irak (Kurtlar Vadisi - Irak, Turquía, 2006), de Serdar Akar. Kurtlar Vadisi es el nombre de una popular serie de la televisión turca, del mismo director, cuyo protagonista, Polat Alendar (que también lo es de la película), es personificado por el actor Necati Sasmaz. Sobre ese formato se elaboró este film, que parte de un hecho real: el arresto en forma humillante por parte de soldados (¿o paramilitares? ¿Blackwater, tal vez?) estadounidenses de once militares turcos, llevado a cabo el 4 de julio de 2000 en Suleimania, al norte de Irak. Tras el suicidio de un amigo, que formaba parte del contingente, Polat Alendar entra en acción para vengarlo y a partir de allí se construye un verdadero panfleto, al mejor estilo de Hollywood, salvo que en esta oportunidad los malos son los estadounidenses. Una buena película, aunque más no sea por esa curiosidad, filmada con el presupuesto más alto del cine turco: diez millones de dólares. A los soldados norteamericanos se les prohibió verla, por creerse que es desmoralizadora, y su presentación en los circuitos europeos, en los que resultó exitosa, estuvo rodeada de varios escándalos e intentos de censura.
En fin, nos parece una buena programación para empezar el año. Y quedaron afuera producciones no menos valiosas, que ya tendremos oportunidad de ver. Por ejemplo, para dar uno solo, Trenes Rigurosamente Vigilados (Ostre sledované vlaky, Checoeslovaquia, 1966), de Jirí Menzel. Una verdadera obra maestra, que narra el despertar sexual de un joven en el marco de la ocupación alemana de Checoeslovaquia, incluida entre las 100 mejores películas de la historia del cine por los críticos de la revista Time. Ya la veremos.
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sábado, 24 de noviembre de 2007
Empezando: octubre de 2006
La decisión estaba tomada. Íbamos a comenzar, y había que armar rápidamente una programación para el primer mes. La filosofía -que todavía se mantiene- es organizar ciclos mensuales sobre la base de elementos comunes (la misma temática, el mismo director, el mismo país de origen, etc.). De entrada pensamos que era una buena idea privilegiar el cine latinoamericano, por una sencilla razón: por alguna perversa lógica de mercado, cada uno de nuestros países (salvo los círculos cinéfilos) ignora prolijamente lo que en materia cinematográfica hace el país vecino. La llamada "globalización" ha integrado a la industria cinematográfica con la distribución y los circuitos de exhibición, en enormes conglomerados, y esto deja fuera de la escena a los "subdesarrollados". Hay excepciones, sobre todo últimamente, y volveremos sobre ello en algún post: las coproducciones, recurso reciente de los productores tercermundistas para captar alguna cuota del mercado mundial.
Pero hay un cine, muchas veces de alta calidad, orientado hacia el mercado interno de cada uno de nuestros países, que no es conocido en los otros. A veces, por cierto, por desconocimiento del público, que cuando esas producciones llegan a su mercado las deja pasar y prefiere ir a lo seguro (adivinaron: lo seguro es Hollywood). En el inicio, entonces, nos empecinamos en difundir ese cine.
Había otras razones, claro. Cuando uno tiene que armar un ciclo de cine en tres semanas recurre a lo que tiene cerca; y lo que tenía cerca, en este caso, era mi colección personal. Decidí, revisando mi dvd-teca*, que si íbamos a empezar con cine latinoamericano había que hacerlo a lo grande, y me decidí por Titón. O sea, Tomás Gutiérrez Alea, el genial realizador cubano, monstruo y padre de todos los monstruitos que el cine latinoamericano produjo después de él. En el ciclo se exhibieron cuatro películas, tres de Gutiérrez Alea y la última, de Juan Carlos Tabío, discípulo y colaborador de Titón. Vimos:
La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966). Un fresco de corte chaplinesco, que narra cómo la burocracia puede enredarle la vida a un hombre hasta volverlo loco.
Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1993). La amistad entre un joven estudiante, revolucionario, políticamente correcto y homofóbico, un artista homosexual y una mujer desesperada, proporciona el marco para una reflexión profunda sobre el prejuicio, el amor y la amistad. Es el primer film que abordó el tema de la homosexualidad en la Cuba revolucionaria, y sólo pudo haber sido filmada por Gutiérrez Alea, cuya autoridad moral le permitía traspasar los tabúes. Lanzó a la fama internacional a Jorge Perugorría, que fue acompañado por otros dos grandes actores: Vladimir Cruz y Mirta Ibarra, esposa del director. Está basada en el cuento "El lobo, el bosque y el hombre nuevo", de Senel Paz.
Guantanamera (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1995). Película estrenada pocos meses antes de la preanunciada muerte de Titón, abatido por un cáncer de pulmón. A través del último viaje de Yoyita, una cantante cuyo cuerpo atraviesa toda Cuba a merced de un burócrata caído en desgracia, se dibuja una crítica interna al sistema, en clave de comedia. Nuevamente protagonizan Jorge Perugorría y Mirta Ibarra,
Lista de Espera (Juan Carlos Tabío, 2003). Film de total responsabilidad de Tabío, a siete años de la muerte de Gutiérrez Alea. Sobre un cuento de Arturo Arango, y con la colaboración de Senel Paz en el guión, vuelve a reunir a Jorge Perugorría y Vladimir Cruz, mucho más maduros. Cuenta la historia de un grupo heterogéneo, atrapado por la rotura de un autobús en una remota estación de micros. El sueño y la realidad se superponen y componen un fresco sobre la Cuba actual.
Es notable (¿o tal vez no lo es?) que Juan Carlos Tabío declare que ni Lista de Espera, ni Guantanamera, ni Fresa y Chocolate son cine político. Claro que lo son, y del mejor estilo, porque son capaces de cuestionar al sistema sin salirse de él. Tabío, y su maestro Titón, son puntales del cine de la Revolución Cubana, y hacen crítica dentro de la revolución. Eso habla tanto a su favor como a favor del sistema cubano, y calificar a su cine como político no lo degrada, lo enaltece. Esa crítica está clara desde La muerte de un burócrata, veintisiete años anterior a Fresa y chocolate.
Cuando programamos el ciclo tuvimos que elegir. Teníamos varías películas y sólo cuatro semanas. Eso nos llevó a omitir alguna película importante, como Memorias del subdesarrollo, (1968), para muchos críticos, la mejor película de Gutiérrez Alea, a partir de la novela homónima de Edmundo Desnoes. Este film relata (retrata) el hastío de un burgués -el único de su familia que decide quedarse en La Habana- frente a un mundo en ebullición. También es indispensable, tanto desde su relato social como de la impecable estética de Titón, pero preferí privilegiar lo crítico, los espacios que sólo podía conquistar con la prepotencia de su talento y de su trabajo el irremplazable Tomás Gutiérrez Alea. Por eso esta película quedó para otro ciclo.
* Ya hablaré más en detalle de nuestro hardware. Como anticipo les cuento que contamos con un reproductor de DVDs y cassettes de VHS, y un cañón, más el amplificador que alimenta los parlantes, colocados a ambos lados de la pantalla. La típica instalación de un microcine.
Pero hay un cine, muchas veces de alta calidad, orientado hacia el mercado interno de cada uno de nuestros países, que no es conocido en los otros. A veces, por cierto, por desconocimiento del público, que cuando esas producciones llegan a su mercado las deja pasar y prefiere ir a lo seguro (adivinaron: lo seguro es Hollywood). En el inicio, entonces, nos empecinamos en difundir ese cine.
Había otras razones, claro. Cuando uno tiene que armar un ciclo de cine en tres semanas recurre a lo que tiene cerca; y lo que tenía cerca, en este caso, era mi colección personal. Decidí, revisando mi dvd-teca*, que si íbamos a empezar con cine latinoamericano había que hacerlo a lo grande, y me decidí por Titón. O sea, Tomás Gutiérrez Alea, el genial realizador cubano, monstruo y padre de todos los monstruitos que el cine latinoamericano produjo después de él. En el ciclo se exhibieron cuatro películas, tres de Gutiérrez Alea y la última, de Juan Carlos Tabío, discípulo y colaborador de Titón. Vimos:
La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966). Un fresco de corte chaplinesco, que narra cómo la burocracia puede enredarle la vida a un hombre hasta volverlo loco.
Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1993). La amistad entre un joven estudiante, revolucionario, políticamente correcto y homofóbico, un artista homosexual y una mujer desesperada, proporciona el marco para una reflexión profunda sobre el prejuicio, el amor y la amistad. Es el primer film que abordó el tema de la homosexualidad en la Cuba revolucionaria, y sólo pudo haber sido filmada por Gutiérrez Alea, cuya autoridad moral le permitía traspasar los tabúes. Lanzó a la fama internacional a Jorge Perugorría, que fue acompañado por otros dos grandes actores: Vladimir Cruz y Mirta Ibarra, esposa del director. Está basada en el cuento "El lobo, el bosque y el hombre nuevo", de Senel Paz.
Guantanamera (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1995). Película estrenada pocos meses antes de la preanunciada muerte de Titón, abatido por un cáncer de pulmón. A través del último viaje de Yoyita, una cantante cuyo cuerpo atraviesa toda Cuba a merced de un burócrata caído en desgracia, se dibuja una crítica interna al sistema, en clave de comedia. Nuevamente protagonizan Jorge Perugorría y Mirta Ibarra,
Lista de Espera (Juan Carlos Tabío, 2003). Film de total responsabilidad de Tabío, a siete años de la muerte de Gutiérrez Alea. Sobre un cuento de Arturo Arango, y con la colaboración de Senel Paz en el guión, vuelve a reunir a Jorge Perugorría y Vladimir Cruz, mucho más maduros. Cuenta la historia de un grupo heterogéneo, atrapado por la rotura de un autobús en una remota estación de micros. El sueño y la realidad se superponen y componen un fresco sobre la Cuba actual.
Es notable (¿o tal vez no lo es?) que Juan Carlos Tabío declare que ni Lista de Espera, ni Guantanamera, ni Fresa y Chocolate son cine político. Claro que lo son, y del mejor estilo, porque son capaces de cuestionar al sistema sin salirse de él. Tabío, y su maestro Titón, son puntales del cine de la Revolución Cubana, y hacen crítica dentro de la revolución. Eso habla tanto a su favor como a favor del sistema cubano, y calificar a su cine como político no lo degrada, lo enaltece. Esa crítica está clara desde La muerte de un burócrata, veintisiete años anterior a Fresa y chocolate.
Cuando programamos el ciclo tuvimos que elegir. Teníamos varías películas y sólo cuatro semanas. Eso nos llevó a omitir alguna película importante, como Memorias del subdesarrollo, (1968), para muchos críticos, la mejor película de Gutiérrez Alea, a partir de la novela homónima de Edmundo Desnoes. Este film relata (retrata) el hastío de un burgués -el único de su familia que decide quedarse en La Habana- frente a un mundo en ebullición. También es indispensable, tanto desde su relato social como de la impecable estética de Titón, pero preferí privilegiar lo crítico, los espacios que sólo podía conquistar con la prepotencia de su talento y de su trabajo el irremplazable Tomás Gutiérrez Alea. Por eso esta película quedó para otro ciclo.
* Ya hablaré más en detalle de nuestro hardware. Como anticipo les cuento que contamos con un reproductor de DVDs y cassettes de VHS, y un cañón, más el amplificador que alimenta los parlantes, colocados a ambos lados de la pantalla. La típica instalación de un microcine.
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