lunes, 4 de agosto de 2008

Inventario (III)

Y sigo...

Soy afortunado. Esta entrada va a ser corta. Se refiere, por supuesto y para seguir el orden, a la programación de febrero de 2007. Y es corta porque uno no puede agregar gran cosa a todo lo que ya se ha dicho y escrito del grandioso Charles Chaplin. El ciclo fue el más exitoso de los quince meses: en dos oportunidades llegó, casi, a llenar la sala. Es que Chaplin sigue convocando multitudes.

Bauticé a ese ciclo, en un alarde de imaginación e ingenio literario, "Chaplin básico". El nombre no está descaminado, porque apenas se exhibieron cuatro muestras de su copiosa filmografía: El chico (The kid, 1921), La quimera del oro (The golden rush, 1925), Tiempos modernos (1936) y Candilejas (1952).

El chico, que le valió un Oscar honorífico (uno de los dos que se le dieron a Chaplin, además del que ganó por la música de Candilejas) otorgado en 1928, siete años después de su estreno, es juzgada por muchos como su mejor película. Otros prefieren Luces de la ciudad. Como las opiniones están divididas, incluí la primera en este ciclo y la segunda en otro posterior, dedicado a las glorias del cine mudo. Pero esa otra historia, de la que hablaré en la entrada correspondiente. La historia del vagabundo (su personaje Charlot) que encuentra un niño abandonado y lo cría, es enternecedora. Y tan maravillosa como la actuación de Chaplin es la del niño Jackie Coogan.

La quimera del oro trata un tema que ha sido reiterativo en el cine. El hombre pobre (Charlot, el vagabundo, en este caso) que se enamora de una mujer socialmente inalcanzable y tras hacer fortuna logra conquistarla. Esa mujer, Georgia, es interpretada por Georgia Hale, a la que esta película convirtió temporalmente en una estrella.

Chaplin, en realidad un mimo genial, no se sintió cómodo con la llegada del sonido. La primera película sonora, El cantante de jazz, con Al Jolson, se estrenó en 1927, y Chaplin, sólo en 1931 hizo su primer film con banda de sonido. Fue Luces de la ciudad, pero sólo incorporó en ella la música (que hasta entonces era interpretada en vivo); la película continuó siendo muda. Chaplin opinaba, con razón, que hacer hablar a Charlot estropearía el personaje. La primera película sonora que hizo fue Tiempos modernos, en 1936, ¡nueve años después de la irrupción del sonido en el cine!, que a la vez fue la última en la que aparece Charlot, que sigue sin hablar: sólo lo hacen algunos de los otros personajes. Coestelarizada por una muy joven y atractiva Paulette Godard (con quien por cierto Chaplin vivió un corto matrimonio -cuatro años- que comenzó al finalizar la filmación), Tiempos modernos es un clásico del cine social. Con esta película comenzaron los problemas que, agudizados en la posguerra (la era del macartismo), lo condujeron a abandonar definitivamente los Estados Unidos en 1952.

Para terminar el breve recuento del cine de Chaplin, terminamos el mes con Candilejas, su tercera película sonora, de 1952 (ya dije que Tiempos modernos no puede ser considerada tal, a menos que no lo haya dicho). Quedaron sin proyectarse, en espera de otro ciclo, El gran dictador y Monsieur Verdoux. Candilejas es una película de un profundo contenido autobiográfico. Chaplin, trasmutado en Calvero, su alter ego, un viejo cómico dipsómano y en decadencia, salva de la muerte a una joven bailarina, interpretada por Claire Bloom, que intenta suicidarse porque no puede caminar (y por lo tanto, bailar). Al salvarla y enamorarse de ella, de alguna manera ella lo salva a él, cuya vida ahora tiene un objeto: hacer que Terry (así se llama el personaje) vuelva a caminar y regrese a los escenarios. Lo consigue, y la muchacha reemprende una brillante carrera que la conduce al éxito. Finalmente Calvero también vuelve al escenario, y tras una extraordinaria secuencia que comparte -nada menos- con Buster Keaton (otro de los grandes cómicos del cine mudo), sufre un accidente que lo lleva a morir entre bambalinas, mientras Terry baila. Todo esto acompañado por una magnífica partitura, que le valió un Oscar, y sigue estando entre los temas más hermosos escritos para el cine.

Como siempre, Chaplin hizo el guión, compuso la música, produjo y dirigió el film y fue su protagonista, lujo que sólo puede darse alguien de un talento gigantesco. ¿Qué más puedo decir? Que Candilejas me hizo lagrimear la primera vez que la vi, en mi pueblito natal de la Patagonia argentina (hoy ya no es un pueblito, es una ciudad), siendo un niño, y lo logró nuevamente cuando la proyecté en el Cine Club, más de medio siglo después.


domingo, 3 de agosto de 2008

Inventario (II):

Y sigo con el inventario. En enero de 2007 se proyectó el ciclo "Directores argentinos". No necesariamente películas argentinas. No cabe duda con respecto a los directores (por eso el nombre del ciclo), pero tres de los cuatro films proyectados fueron coproducciones, en dos casos argentino-españolas y en otro argentino-franco-española.

La coproducción es un mecanismo bastante recurrido hoy en día, que permite lograr sinergias -al sumar recursos tecnológicos y artísticos-, obtener financiamiento y, sobre todo, trascender las fronteras nacionales en la distribución. Entre las próximas entradas (hasta ahora prometidas y no cumplidas) tendré que incluir una más extensa sobre el tema.

Vimos cuatro películas -decía- de tres de los grandes directores argentinos de las dos últimas décadas, uno de ellos prematuramente desaparecido (o sea, muerto; los muertos no desaparecen: mueren y se los entierra, generalmente entre manifestaciones de dolor; desaparecen los "desaparecidos", ese horrible invento latinoamericano). Los directores fueron Adolfo Aristarain, Juan José Campanella y Fabián Bielinsky, y las películas, las siguientes:

La primera semana de enero vimos Lugares Comunes (2002), de Aristarain, protagonizada por su actor favorito, Federico Luppi, que comparte cartel con la española Mercedes Sampietro, en virtud de tratarse de una coproducción hispano-argentina. Una excelente película, que mereció dos premios Goya (a la mejor actriz y al mejor guión adaptado) y otros dos en el Festival de San Sebastián (Concha de Plata a Mercedes Sampietro como mejor actriz y Premio del Jurado al mejor guión).

Ustedes saben (¿no sabían?, bueno, ahora lo saben) que antes de empezar cada ciclo tenía que mandar la información a la Dirección de Cultura, para incorporarla en la Cartelera Cultural de Tampico. Como uno está metido en otras (varias) actividades, de las cuales algunas sirven para vivir, esa información la elabora a último momento, recurriendo a fuentes disponibles en la red. Si detectan esa situación, pido disculpas de antemano.

Lugares Comunes es la historia de un hombre que, ya en la madurez, es obligado a reinventar su vida, ante una jubilación forzosa, que no solicitó. También es la historia de una relación de pareja adulta, sólida, y del conflicto con el hijo aburguesado que vive en España, símbolo de todo lo que el protagonista nunca quiso ser. Y de la búsqueda de nuevos horizontes y alternativas de vida. Excelente y actuada con la maestría de dos actores veteranos, es conmovedora. Una pequeña obra maestra de Aristarain.

La segunda semana se la dedicamos a El mismo amor, la misma lluvia (1999)
, de Juan José Campanella, una película que nunca será un clásico, pero cuya discreta historia es fresca y tierna. El film tiene una virtud importante: está muy bien actuado por dos excelentes profesionales, Ricardo Darín y Soledad Villamil. La estructura dramática es sencilla: Jorge (Ricardo Darín) es una joven promesa de la literatura argentina, pero mientras tanto sobrevive escribiendo cuentos románticos para una revista de actualidad. Una noche conoce a Laura (Soledad Villamil), una joven y soñadora camarera que espera a su novio, un artista que está montando una exposición en el Uruguay, del que hace meses que no tiene noticias. Jorge y Laura terminan trabando una relación amorosa que se complica por la insistencia de Laura en que Jorge se transforme en un "escritor serio". Así, la relación se deteriora y acaba en ruptura, tras la que sobrevienen años de encuentros y desencuentros, encantos y desencantos. Todo ello narrado en clave de humor e ironía. Como decía arriba, no es una película excepcional, y seguramente será olvidada, pero es una comedia romántica que convoca momentos agradables. No es la mejor película de Campanella, que fue nominado al Oscar a la mejor película extranjera (2001) por El hijo de la novia. Sin embargo, obtuvo 8 cóndores de plata (Mejor película, mejor director, mejor actor, mejor actriz, mejor actor de reparto, mejor guión original, mejor fotografía y mejor dirección artística) de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina.

Luego vimos Martín H (Adolfo Aristarain, 1997), ésta sí un clásico de los que nos propina habitualmente este veterano y sólido director, y probablemente una de las mejores de su importante y premiada producción. Es la historia, precisamente de la relación entre un director de cine (Martín, protagonizado -una vez más- por Federico Luppi) y su hijo, que siguiendo la tradición familiar, también se llama Martín, pero a quien todo el mundo conoce como H, por esa costumbre de suceder al nombre con una (h) cuando se tiene el mismo nombre que su padre. Relación entre difícil y tortuosa, por la actitud de Martín (p) de negarse a evidenciar sus afectos de otro modo que intentando imponer a sus seres queridos futuros que no son los que necesariamente ellos desean. Acompañan a los dos Martín una brillante Cecilia Roth (Alicia, la amante de Martín padre) y un no menos brillante Eusebio Poncela (Dante, su mejor amigo).

Enumerar los premios que recibió Martín H no es fácil. El film, como mejor película; Aristarain, como mejor director; Federico Luppi, Cecilia Roth y Eusebio Poncela, como mejores actores, se repartieron premios en los festivales de San Sebastián, Biarritz, Oslo, Valdivia y La Habana, cóndores de plata de la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, el Premio Ondas de Radio Barcelona, premios Goya y el Premio Sant Jordi.

Y el mes cerró a lo grande, con El Aura (Fabián Bielinsky, 2005), la segunda y última película de este malogrado director, del que ya habíamos disfrutado Nueve Reinas. Nuevamente protagonizada por Ricardo Darín (si Luppi es el actor favorito de Aristarain, Darín lo era de Bielinsky), a quien acompañan con altura Dolores Fonzi, Nahuel Pérez Bizcayart y otros buenos actores, es un thriller de excelente factura. Renuncio a contar el argumento o ensayar una crítica: no podría hacerlo mejor que ésta.

Mi síntesis: creo que fue un buen ciclo, y que fue disfrutado por el público. Buena manera de comenzar el año.